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Ciclo de taller literario durante la pandemia. 3- Caramelos para todos.

Actualizado: 12 jun 2020

Caramelos para todos.

Aquiles Sorvuet era un mequetrefe. Iba a todas las reuniones de la alta sociedad y él no tenia un vintén. Vivía en un castillo, una casa de dos pisos con altas torres donde ponia sus cosas raras, tales como pájaros de hierro, ángeles raros, flechas de metal y una insignia donde decía “espíritu inquieto, para que paz?”. Era alto, un ser oscuro por fuera, fumaba tabaco, mucho.

Le gustaba ponerse una colonia que era horrible. Andaba de capa negra y un bastón. Tendría unos 70 años pero no lo parecía. Era locatario del bar de la esquina donde estaban sus camaradas; tomaban unas cañas y en invierno una grapita. En el bar se podia fumar, adentro (era una bola de humo).

El cantinero le preguntba a Aquiles “qué va a tomar?”; el contestaba; “lo mismo de siempre”.

Tenia pasión por los caramelos, los de miel, los de guaco, y los de maní; dos por tres se compraba una bolsa.

A veces se sentaba afuera y le daba a los chiquilines del barrio. Se quedaba hasta que don Alberto cerraba el bar y se iba al castillo. Adentro abundaba el polvo y unos muebles raros. Le recordaba a su difunta esposa. Le gustaba escuchar Edith Piaf, por eso mismo. Y con una cañita más se iba a dormir. Su casa estaba repleta de retratos de ella. El era oscuro pero por dentro un romántico. Su poeta preferido era baudelaire.

Un día llego a la ciudad una dama de esas muy educadas y bien vestida. El no pudo contenerse y la invitó a un café…

Tuvieron una linda charla. Luego la invito a una comida que iba a organizar con unos niños del barrio.

Ella aceptó la invitación. El día antes se puso a hacer caramelos, los envolvia con papel de astraza. Había invitado a un par de niños del barrio que estaban muy contentos de ir y curiosear por dentro del castillo.

Escondió todos los retratos de su difunta esposa en un placard. El día llego. Todos los niños esperaban afuera. Él les abrió. Les ofreció caramelos de guaco y miel. Ellos quedaron medios desilusionados porque pensaban que habría torta y sándwiches. Pero lo mejor fue escalar las empinadas torres y llegar al techo. Jugaron por horas.

La dama melense, como le decía él, llevo un postre. Aquiles puso el disco de Edith Piaf y ella le dijo que le encantaba. Terminó la “comilona” temprano y los gurises se fueron. La dama melense se quedo tomando caña. Luego se despidió y le dijo: “espero volver pronto a verte porque mañana me voy a Melo otra vez”.


Aquiles le dio un beso en la mano y se despidio.

C.S

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